jueves, 3 de agosto de 2017

OSCURIDAD, TAN CLARA COMO LA PUREZA DE LOS PUEBLOS

Por: Rodrigo Rieder

Pueblos del Cesar. Pueblos fantasmas; puede se Llerasca, en Codazzi;  Higoamarillo, en Chimichagua; El Carbonal, en Rió de Oro; La  Guajirita, en Becerril; Las Pitillas, en San Diego; Arjona, en Astrea. En fin todos los pueblos del Cesar, han sido siempre; pueblos del olvido.
Parece que existieran solo en la imaginación distorsionada  de quien regresa de ellos sin analizar el valor que poseen y la calidad de sus habitantes; pueblos  despiertan ahora la perplejidad y el
asombro, sobre todo cuando  los comparamos a cuando estaban vivos en tiempos pasados. Ahora siguen viviendo un mundo aletargado, repleto de maravillas distintas a causa de la modernidad que no pueden asimilar por las limitaciones de sus gentes.

Muchas casas están sin puertas ni ventanas, ya no hay ni ladrones, no se sienten los vientos del soñado progreso en algunos inquietos habitantes, los soles inclementes que calcinan tomateros o
sembrados frágiles al calor; las viviendas están descoloridas y sus fachadas se parecen a las caras de los muertos, las calles permanecen cubiertas de olvido, de escobillas, de bolsas plásticas que
caminan por las calles movidas por el viento, de animales que vagan por sus senderos y de piedras que no duelen a los pies de los caminantes.
Muchas sombreadas esquinas, no tienen el peladero habitual donde jugaron trompo y brincaron sobre peregrinas rayadas en el suelo por los niños y niñas que miran una flor con desconsuelos; se nota el panorama, como una pintura inocente donde buscan refugio los desocupados, que son todos, y se mezclan con las mariposas, los burros, marranos y caballos que vagan por los caminitos, en iguales circunstancias, todos sin oficios.
Ayer regresé de uno de ellos; en mi romántica permanencia me detuve un rato a escuchar el silencio, no percibí, un solo sonido destemplado; música de aves que cruzaban el cielo con direcciones desconocidas, murmullos de personas que hablaban en forma lenta poniéndole  melodía a las frases como si compusiesen canciones a su existencia.
Vi muchas personas en la tarde, sentadas en los bordillos esperaban la noche, ancianos que en sus taburetes rumiando sus pasados, observé mujeres englobadas por los embarazos, esperando el momento de inaugurar una nueva vida: Luego también noté a hombres inventores de sus propias labores, tejiendo los descansos y los sueños irrealizables.
En cada pueblo del Cesar no encontré lugar para la codicia, miré una paz acompañando al olvido y a la indiferencia, eso me hizo pensar en las palomas que desgarraban el viento con su vuelo lleno de desatino y desesperanza, igual que la juventud pueblerina que no sabe a donde los lleva su destino o parecido a como se han desgarrado en cada uno de estos sitios, el progreso y la pujanza. Dormí en uno de los pueblos arriba citados, y en esa noche vi descender las estrellas por hilos invisibles repletos de incertidumbre;  me di cuenta que en ese pueblo me encontraba  flotando sobre sombras creadas por Electricaribe sembrando violencia a causa de los constantes apagones, allí no hay paz; como podría haberla en medio de tanta oscuridad en la noche repleta de mechones y lámparas titilantes, ahí palpé los cucullos y las  luciérnagas surcar el calor en los matorrales de un patio cualquiera.
Amaneció despacio y, despacio los labradores, ganaderos y pescadores que se dijeron a sí mismos; no  a marcharse. Se embarcaron en el aire y se dirigieron a sus sembrados, a sus redes de pesca o
corrales para seguir administrando sus pobrezas.
En la mañana después de saludar a los que encontré en mi camino a sentarme en una banqueta, analicé; no tienen monumentos en sus pequeñas plazas, no hay estatuas de ningún material ni de ningún prócer; solo algunas trinitarias que nunca se marchitan y que a pesar de sus espinas no hiere a quien las toca, si no que perfuman los dedos de quien las acaricia; noté a su alrededor como danzan al caminar con inocencia, los muchachos y muchachas que se gustan entre si y, hacen entre ellos, el preámbulo de la diversión que los llevará a fundar otras familias o a sus otras desgracias. Igual a la desgracia de permanecer oscuros en las noches en pleno siglo XXI, solo porque la empresa generadores de energía les dice pícaros y los deja sin el fluido eléctrico.
Hable con alguien y me dijo que éstos pueblos fueron fundados por pastores o labriegos en tiempos remotos y que construyeron las primeras casas con paredes de lana negra; o bien sea la tierra con techos de pétalos de flores filosas en forma de pencas, ahora muertas.


En la otra mañana antes de regresar, fui a un rustico corral construido con alambre de púas y tomé la espuma de la leche  más deliciosa del mundo; estaba manchada con unas gotas de café y adornada con la totuma  más bonita del lugar; cuando monté el equipaje sobre el vehículo, encontré acompañando al maletín; una gallina maniatada, un pequeño costal con yucas y plátanos,  huevos amarrados en forma de ensarta entre majaguas y pescado salado empacados en una caja de cartón. Me estaban regalando parte de sus vidas; para eso viven. Y me pareció el más bello gesto del mundo.
Si hubiésemos visitado una ciudad cualquiera de Colombia, nadie habría agregado nada a nuestro equipaje, si no las quejas y las lamentaciones que nos dejan la modernidad y el cambio permanente que sufre el hombre en su personalidad citadina. Hubiésemos debido comprar, si quisiéramos llevar algo a casa.
Pero lo más hermoso de todo, fue que me traje un bello recuerdo, el cual me dio la idea de sembrar en mi escrito; la solidaridad y el amor que allí vi y viví, la iniciativa de llamar la atención
para que se mire a éstos lugares donde todavía está la pureza de la vida acompañada del olvido, y de la oscuridad, en sus firmes afanes por sembrar desconcierto, resentimiento y violencia en la

condición humana más pura y noble de mi país; la condiciones de los pueblerinos.

domingo, 23 de julio de 2017

GUSTAVO: UN SIMBOLO DE LA PERSONALIDAD Y LA BONDAD DE UN PUEBLO.

Por Rodrigo Rieder

Iniciaba la década de los 60s en mundo occidental y en un rincón de un barrio pobre de invasión que comenzaba a tomar forma, varias familias se iban organizando en  las viviendas que construían con mucho esfuerzo; Valledupar en ese entonces pertenecía al Magdalena y estaba considerada la segunda ciudad del departamento.
Un niño de 5 o 6 años, de tez morena, cruzó de pronto por  el patio de la casa guiando con sus manitas una rueda de caucho de esas que se sacaban de la parte donde  estaba el redondel que hace contacto en el centro de las llantas de los camiones. Emma su madre lo llamó varias veces:              -   Amílcar ven a bañarte.
Juguetón y sonriente el negrito siguió dándole con un palito de madera seca al aro de caucho e imitando al pitirre, unos pajaritos que cantan repetidamente entonaciones que los niños de esas épocas aprendían muy bien. Iba desnudo, atravesaba las calles sin tráfico por el nuevo sector que luego se convirtió en uno de los sectores más grandes y populosos de la capital del Cesar.
Emma Mendoza Romero, tuvo dos hijos: Marilú y Gustavo; a quien inicialmente  le habían asignado el nombre de “Amílcar”, pero todos sus familiares y  compañeros de colegio le aplicaron el mote-matoneo de “MICA”, como diminutivo de su nombre original, pero además burlonamente comparaban el vocablo como la  vasenilla que usaban las mujeres en las noches pera misionar ante la carencia de baños cercanos a los dormitorios y que también se les distinguía con el nombre de “MICA”; igual lo burlaban por ser  la palabra sustantiva de la hembra de los micos que andan en los árboles.

Las Raíces, Los Corazones, Guacoche y Guacochito, corregimientos del norte de Valledupar, vieron a Gustavo correr en sus sabanas comunales, montado en caballos en pelo, o en burros acondicionados con sillones bien ajustados a los lomos de los solípedos en una tierra llena de tunas y cardón donde los rebaños de ovejas y chivos de cuernos filudos se movían libremente. Entre esas localidades hizo estudios primarios inicialmente, después  cursó en Valledupar un bachillerato lleno de solvencias académicas.
Ahí ya  mostró la virtud que le haría triunfador en la vida, una bondad que le permitía regalar desde las “Guaireñas” (especie de sandalias guajiras), lápices y cuadernos a cualquier amigo que  no tuviese cualquier elemento que él tenía en su bolsa de trapo donde apilaba sus útiles escolares y complementos de estudio.
Ya después, familiarmente recibió el remoquete de “El Negro”, Gustavo apreció mucho a su padre Antonio Rodríguez, un ganadero de la zona que mantenía en sus haciendas, los mejores caballos de paso, las vacas más lecheras y los hatos de chivos mejor organizados de la región; andaba en caballos muy hermosos, usaba sombrero, zamarros de cueros y espuelas que sonaban a cada paso cuando se apeaba de los corceles que dejaba amarrados en las puertas de sus amadas mujeres en una zona y una época donde estos menesteres recibían la admiración de todos los congéneres del medio.
Emma, la mamá rebelde, una dama que sabía proteger a los suyos, no tan solo a sus dos hijos, igual lo hacía con sus hermanos: Eliseo, Camilo y Antonio; o con sus sobrinos y primos que hacían de su casa una especie de consulado de Guacochito; allí un café no había que pedirlo, una vez después del saludo, Emma aparecía con una burbujeante taza de café caliente con sabor a ajengibre y un taburete de cuero en la mano para dar la bienvenida a cualquier visitante.
A Emma con el paso de los años comenzaron sus allegados a llamarla “Mema”, murió al lado de su hija Marilú llena de terquedades propias de su senilidad que le trajo amnesia parcial y a ratos. Fue una mujer bondadosa y recta “como todos los Romeros de Guacochito”, así dijo siempre el periodista Ismael Calderón Mendoza, también familiar de “El Negro” Rodríguez.
La vocación de negociante de Gustavo “El Negro” Rodríguez la marcó desde su pubertad, en Valledupar inició con negocios de intercambio inicialmente, luego llegaron cosas muy grandes que lo obligaron a buscar nuevos horizontes; recorrió Maicao, Barranquilla, Santa Marta para aterrizar en Cartagena; allí se rodeó de buenos e ilustres amigos que lo hicieron participe de una sociedad sana, emprendedora, humorística y de buen roce social.
Uno de sus mejores amigos en Cartagena es Roberto Malo, un otorrino que le brindó todo el apoyo necesario para enraizarse en una de las sociedades costeñas más difíciles del país; de él habla en todas sus tertulias y con admiración y respeto narra constantemente anécdotas muy interesantes que junto con Pablo Diaza, Gonzalo Urzola, Mochi Malo, José Martínez viven a cada momento de encuentros que cotidianamente se dan en cualquier sitio de “La Heroica”.
Pero todas esas andanzas de paz, de amistades buenas, de tertulias, negocios y jocosidades no le han podido hacer olvidar los ratos felices de su pasado juvenil y a cada momento saca el tiempo necesario para visitar su terruño.
En Guacochito, Los Corazones, Lar Raices y Guacoche, él es un ídolo de la bondad para sus paisanos; “El Negro” llena unos espacios que a veces son incomprensibles, se sienta bajo una enramada y al rato el lugar está lleno de personas; donde quiera llega siempre habrá un agasajo de quienes lo reciben y que él comparte con los que llegan con su persona; un sancocho de chivo, arepas de queso de primera calidad, pescado, tortuga de mar, peto de maíz y hasta una patilla o sandía es compartida con una dedicación tan especial que todo se siente exquisito y luego los cuentos y las anécdotas.
Esa tarde antes de regresar a Cartagena visitó a un amigo en Las Raices; preguntó anfitrión sobre su salud, miro a sus pies y al verlo sin zapatos, descalzó los suyos y abrió el espacio para que su amigo se calzara; al llegar luego a la tienda del pueblo, solicitó refrescos para repartir entre sus acompañantes  y la señora no quiso recibir  el    dinero del pago de los liquidos; simplemente dijo: “ quien puede cobrarte Negro; si tú no tienes nada tuyo, ahora entiende que todo aquí es tuyo”
De regreso a Guacochito lo esperaba un grupo de amigos y primos para compartir pato al horno, él se acomodó en una banqueta, tocó su barriga y se dijo: “Que vas a hacer ahora Negro, si ya no hay espacio para los patos, bueno, iré al baño a desocupar un poco y abrir el espacio para no despreciar a mi gente”
Descalzo, sonriente y con la satisfacción dibujada en su rostro, vió una cerda amamantando sus marranitos, detuvo un tiempo la vista y se sintió grande por tener tanta riqueza; “Este es mi real patrimonio”, pensó en voz alta y se dijo que cuando llegase a Cartagena, se reuniría con Selfa su esposa para venir con ella a la bella tierra de los pastores que la esclavitud del pasado formó en un rincón de la patria llamada Guacochito.




jueves, 28 de agosto de 2014

RAFAEL MOYA BARROS UN CODASENCE DE VANGUARDIA


Cualquier día en Murillo, un pintoresco corregimiento del municipio de Guamal, el padre de Rafael le dijo: “conocí un pueblo donde el comercio abunda, hay gente de todas partes y debe ser muy bueno para exponer tu música”.
Moya Barros estaba joven y ya casado con Dary escuchó esas palabras estacionadas en su cerebro pero de vez en cuando le daban vueltas; una tarde mirando correr las aguas del río Magdalena miró fijamente el rojizo sol y hablándose a sí mismo, dijo “mañana me voy a buscar futuro”.
Esa mañana comunicó a su esposa la decisión de partir, le dio un beso al bebé, abrazó a Dary  y salió por la puerta del frente de la casa de sus padres llevándose una guitarra y unos pequeños bongos que él mismo había construido.
Llegó a Codazzi con una polvareda sobre su pelo y los hombros de la camisa, se dirigió al mercado donde pretendía encontrar a una hermana que se había casado y su esposo la había llevado a vivir a la entonces “Capital Algodonera de Colombia”; al  estar feneciendo el día el mercado público estaba vacío, pero pudo preguntar por un violinista llamado Marcos Almaralez, de quién le había hablado su papá.
Regresó en la mañana siguiente y conoció al diestro violinista, quien le habló de otros músicos del pueblo como Carlos Paredes, Luís Álarcon y sus hermanos:  "El Poli” y “El Chino”, guitarristas y bajistas a quienes inicialmente no les cayó bien por la forma como él cambiaba la sonrisa por la seriedad en el rostro de una manera intempestiva.
El violinista Almaralez le dijo antes de ir al primer toque musical a una fiesta donde fue invitado: “Para estar metido en la música debes penetrar nuestro territorio, el de escamar pescados”.  Marcos vendía pescado en el mercado, los hermanos Alarcones tenían una pequeña parcela donde sembraban algodón y Carlos Paredes atendía unos pequeños cafetales de propiedad familiar sobre la Serranía de Perijá. Ahí comenzó la vida de Rafael Moya Barros como codasence.
VANGUARDISTA
Siempre fue el primero en llegar a cualquier evento donde hubiese espectáculo musical en Codazzi, ya fuese cultural, político o de competencia; siempre ha tenido una canción compuesta por él para cada acontecimiento moderno y de actualidad que esté pasando en el mundo, jamás se ha negado a interpretar una canción; ejecuta con su guitarra todos los aires o ritmos que hayan pasado por sus oídos, jamás pregunta cuánto le van a pagar por las presentaciones y lo hace con cariño y voluntad.
Le ha compuesto y cantado a Codazzi más de 30 canciones de su autoría y está al tanto del acontecer del que él llama su pueblo, y del mundo.
EN BARRANQUILLA
Sonó un teléfono, sentí la voz un poco cansada de Rafa y me dio mucha alegría al saber que estaba en la misma ciudad donde yo estaba, me programé y resolví ir a verlo;  aunque hablamos muchas veces por teléfono hacía algunos años que no lo veía. Ahí estaba con una camisa roja a cuadros, la mirada ya gastada por los años, pero la figura y su sonrisa estaban intactas.
Nos abrazamos, le vi los ojos con los lagrimales húmedos y comenzó a contarme como había sido su vida en mis 46 años de ausencia de la tierra que me vio nacer; igual le conté de mi secuestro, de mis viajes al exterior, de cómo nos había cambiado la vida y salimos a llevar a su esposa a una consulta médica en una  clínica de la ciudad.
Estaba triste, su esposa con cáncer en un riñón y él con una diabetes diagnosticada como de las fuertes; hicimos el mandado y nos comprometimos vernos en la mañana siguiente para ir a que interpretara dos canciones en una emisora barranquillera.
Lo encontré a las 6 de la mañana en la esquina del barrio Las Moras esperándome, fuimos a la radiodifusora y mientras hacían otras presentaciones, observé una importante enseñanza de la vida en su rostro; en él estaba consignada una vida llena de firmeza, aventuras, sufrimientos, música y felicidad; traía una violina acomodada a su nuca y ejecutó dos canciones que me hicieron volver a un pasado lleno de nostalgia y de recuerdos que ahora se revivían con la presencia de Rafael Moya Barros, un codasence que sin serlo es más paisano mío que algunos que olvidaron esa hermosa tierra que nos vio nacer.
Es hora de hacerle un homenaje a este hombre en Codazzi, yo me siento con el deber cumplido al escribir éstas líneas antes de que se apaguen sus ojos ya marchitos por el paso del tiempo a fin de darle un poco de brío a esa enérgica alma que guarda en su corazón éste importante embajador de Codazzi.

No sé si nos volvamos a ver, pero quiero que sepan mis paisanos; que de éstos hombres no se dan  en las esquinas; que debemos resaltar los valores que han morado en nuestra tierra que aún con un Festival de Música Vallenata en Guitarra,  desconoce lo que tiene en sus adentros y ha olvidado a muchos de sus hijos importantes hoy regados por el mundo.

miércoles, 12 de junio de 2013

ASÍ NACÍ

UN 20 DE MAYO

Un 20 de mayo a las cinco de la tarde una señora llamada Dilsa Durán sintió esos dolores fuertes que solo las mujeres embarazadas sienten y mi padre corrió a llamar a Guillermo Oliveros, uno de los comadrones del pueblo, dueño de farmacia y bar además, para que atendiera la llegada del primer descendiente Rieder (había fallecido Rodolfo Garcias Rieder, el que hubiese sido el primero).
Esto sucedía en la llamada por un tiempo “Calle del Toro” frente a la esquina “El Cuncurrinche” de Codazzi, por allá  en 1948, cuando Mauricio mi papá tenía 18 años de edad y mi madre 15. Me contó mi madre que a las 5.30 yo estaba llorando ya en una hamaca, pues en esos tiempos las cunas eran sueños que no se realizaban en ese pueblo hermoso.
Al rato llegó mi abuelo Rodolfo Rieder y según cuenta mi progenitora, sus azules ojos me estaban mirando con una ternura poco característica de su duro temperamento; le dijo a mi mamá:-será un buen sacerdote, y se marchó  a la principal tienda-almacén del lugar, ubicada en la hoy calle 18 diagonal al restaurante “Embajador” a la fecha.
Ese lugar que hoy tiene la primera casa de dos pisos de Codazzi, fue mi primer hogar, pues mi abuelo  prácticamente me raptó ilusionado en que yo sería un buen pastor para la iglesia católica ante su fracasada intención con mi padre y la ilusión de emular a su hermano en AlemánIa quien había sido nombrado Obispo por PIO XII,  Papa en esos tiempos.
Allí mi abuela Paulina Tenas me hacía pantalones cosidos a mano en múltiples telas  en pana y sedas que sacaba del almacén, preparaba sesos de vaca, dizque para impulsar mi inteligencia y me hablaba en catalán y español contándome historias de cuando ella venía desde Castellón de la Plana y Valencia donde había conocido a mi abuelo como soldado de Alemania que  había sido enviado a ayudar a los propósitos de Francisco Franco, quien entro a gobernar a España posteriormente por muchos años.
Ahí fui creciendo y al morir mi abuela Paulina, comenzó una inestabilidad en mi tenencia, pues por la falta de una mujer en la casa pasé a varias manos de tías y de papá y mamá, hasta que mi abuelo se casó de nuevo y regresé a su lado.
Al morir mi abuelo en un accidente de tránsito en el año 1954 se acabaron todas esas expectativas, ya habían nacido dos hermanos más y mis padres vivían entonces en  la hoy calle 19 en una esquina detrás del Teatro Tiyico, enfrente de la casa de José Bolívar Mattos.
De allí pase a vivir ante la buena vida y la pobreza de mi familia de parte de mi madre, pues ya en ese tiempo mi papá estaba inestable en la relación con mi madre y entre mis tías Ana y Emilia, me devolvían por momentos de viajes y ausencias al lado de mi abuela Rosa Romero, madre de mi madre.
Entre inestabilidades, distintos temperamentos formativos, escaseces y abundancia a veces asistí a los colegios del pueblo, fui a Valledupar a hacer un bachillerato frustrado por la carencia de dinero y volví a Codazzi, donde después me gradué de bachiller siendo ya un hombre tras el pasar de los años y los sufrimientos que no cuento por no ser agradables.
La tormentosa vida de mi juventud, me hicieron equivocar muchas veces y me correspondió aprender de la vida lo que en esos momentos no me deba una Universidad que solo vine a saborear siendo un hombre en las puertas de la madurez y que asumí en silencio y con mis propios costos, producto de mi estadía en Puerto Rico y Venezuela, ahí estaba desaparecido de mi familia y en el frio bogotano formé éste estilo periodístico que hoy me llena de satisfacción y que con problemas y alegrías me han llevado ahora al fin, a ser un hombre
Son 65 años de variedades de toda índole, los vividos; hoy me puedo ir para siempre de la vida, contento; así como nunca me quejé de los caminos que Dios me trazó, hoy tampoco me lamento de nada, ni culpo a nadie de los sufrimientos pasados, pero si agradezco a todos mis familiares y amigos por los momentos de alegría y felicidad que también fueron bastantes y que viví en algunos pasajes de mi vida.
No he sido el mejor hijo, ni el mejor padre, tampoco me considero haber sido un buen hermano, pero hice y hago  todo lo posible por serlo, mis amigos dirán si tengo condiciones de buen amigo y mis enemigos, estoy seguro que dirán que soy un mal enemigo, pues no les pongo mucho cuidado cuando tratan de herirme o hacerme mal.
A esta fecha no tengo nada material, solo el amor de Cecilia, de mi madre y de algunos hijos que me ven con buenos ojos. El aprecio de hermanos  que entienden mi  vida y de otros que me consideran un incomprendido por no conocer mi da a causa de su juventud.
Esa es mi riqueza y mi satisfacción, son mis alegrías y mis tristezas grosso modo, hoy las comparto como forma de entregar mi vida a los amigos de la red a la familia que poco a poco irá conociendo mi vida hasta cuando publique el libro con sus  asombrosos contenidos, esto si es que Dios me lo permite.

LA LAMPARA DE GASOLINA


Por Rodrigo Rieder


Corría el año de 1955 en Codazzi, residíamos en una casa construida con madera en su totalidad dentro de un largo solar cercado igualmente con tablas de madera de distintas manifestaciones donde mi padre había construido tres cuartos y una cocina que no estaba conectada directamente a las habitaciones y donde se cocinaban los alimentos con leña.
En la fachada que daba a la calle habían dos portones: uno grande para entrar el camión de 8 toneladas con el que él repartía en  los negocios de Codazzi, tambores de petróleo y ACPM  que traía de alguna parte y otro portón al cual se le había instalado un neumático de vehículos para que halara y se cerrara una vez se dejaba libre al pasar y que servía para el ingreso de las personas a la parte interna donde estaban las habitaciones mencionadas.
Una noche  mi papá improvisó una fiesta nocturna en su casa y arrimo el enorme camión al lugar donde estaba el cuarto principal, compró botellas de aguardiente, prendió el radio e invitó a sus amigos a parrandear, estando entre ellos y de los que acuerdo pues yo tenía en esa época 7 años: Adulfo Díaz, Nicolás Morales,  José Eduardo Garcias, el profesor Luís Ávila, Jorge Sedán entre otros.
Como el camión tenía radio, éste servía para amenizar con música los momentos que entre baile y conversaciones se disfrutaban los asistentes donde se contaban mujeres como las vecinas una tía mía y alguna que otra esposa de los asistentes.
En esos tiempos no había energía eléctrica en Codazzi o si había y no me acuerdo, esta se suspendía a las 11 de la noche; entonces se usaban las llamadas lámparas “Primus” que funcionaban con gasolina y aire comprimido en sus tanques que debían ser alimentados de vez en cuando, cada vez que el aire se agotaba en sus tanques de almacenamiento.
Estaba siempre en la puerta pendiente de lo que sucedía y prestar la ayuda que me correspondiera en la animada fiestecita y a pesar de tener ganas de dormir no lo habría podido hacer porque mi sitio de colgar la hamaca donde siempre dormía, estaba siendo usado como pista de baile y lugar de conversaciones de los fiesteros.
Cuando de pronto la luz de una de las dos lámparas comenzó a bajar de intensidad y alguien me ordenó desde adentro: “Rodrigo ve a ver a ver qué le pasa a la lámpara”; fui a la cocina y puse la lámpara encendida sobre un mesoncito y comencé a bombear con mi pequeñas manos para alimentarla de aire y se me resbaló la mano y pegué el codo al tubo de vidrio quemándome superficial y dolorosamente el  brazo, entonces comencé a gritar, alguno grito: “Rodrigo está llorando en la cocina”, vino mi padre ebrio y al momento de preguntarme me asestó una fuerte cachetada sobre el rostro caí sobre una pila de leña en el momento que justificaba el golpe diciéndome: “No seas inútil llorón de mierda”.
Me incorporé como pude y salí al patio mientras los mayores abastecían de aire al artefacto, mi tía Ana se acercó y me preguntó el motivo de mi llanto, cuando se enteró salió a discutir con mi papá sobre el fuerte golpe que me dio, que pasó a ser la limpia o pela número 31 de las 42 que alcanzó a darme en mi niñez y juventud.
No resiento, ni he resentido jamás de mi padre por haberme castigado, solo escribo esto para analizar lo que pasaba en aquellos tiempos cuando a los hijos nos formaban entre reprensiones fuerte y consejos, frente a la forma libre, llena de comodidades y sin restricciones que se forma a los niños y jóvenes de hoy.
Jamás fue necesario llevarme donde un psicólogo o psiquiatra, nunca contesté, ni discutí con mi papá, siempre respeté a los mayores y me considero un hombre de servicio i útil a la sociedad de mi país como considero a mis hijos. Jamás tuve stress, ni pasó por mi mente consumir drogas ni licor y no tengo experiencia en el manejo de tratamientos para adictos porque nunca estuve involucrado en esos menesteres con mis hijos.
Con la sociedad actual está pasando algo raro, hemos dejado el manejo del hogar al sexo femenino que consiente, apoya, alcahuetea y deja pasar detalles perjudiciales para el futuro de la juventud, que una vez se tempranamente, se hacen dueños de su manejo con el consentimiento del ICBF, comienzan a manejar sus vidas sin estar preparados y ahí vienen las cantidades de problemas para los padres, que para ayudar y arreglar esos problemas si son padres y por ende se proyecta el deterioro social que estamos viviendo en la juventud de hoy.